En los fiordos de Magallanes, donde el bosque cae al mar, las sirenas conocieron la tierra por sus restos.
Ramas pulidas por la sal.
Flores entregadas a la corriente.
Raíces que bajaban buscando un suelo que ya no existía.
No entendían del todo ese mundo sobre la superficie, pero algo de él permaneció con ellas.
Bajo el agua, empezaron a construir un jardín.
No era un bosque real. Era una forma de recordar lo que nunca habían tenido. Un jardín que no conocía el sol, sino la penumbra; una versión propia, hecha con lo que el mar soltaba.
Cada noche, las corrientes deshacían los pétalos contra las rocas. Y cada mañana, ellas volvían a abrirlos.
Con el tiempo, las flores dejaron de parecerse a las del bosque.
Muy abajo, donde la luz es apenas un recuerdo, los jardines siguen moviéndose.
No es el agua lo que los mece.
Es el fondo del mar imitando el viento.
