Jardín de Sirenas

Capítulo I

Parte I — El Encuentro

Hace mucho tiempo me imaginé a unas sirenas viviendo en los fiordos de Magallanes. Siempre habían vivido en el océano y, para ellas, ese era el único mundo que existía. Nunca se habían preguntado qué había más allá.

Un día, mientras jugaban entre los fiordos, una de ellas miró hacia la costa y vio una roca.

No era una roca especial. Simplemente era la primera vez que se acercaban tanto a la orilla como para verla.

Las demás también dirigieron la mirada hacia ella. Se quedaron observándola desde el agua, con curiosidad, sin entender por qué esa roca llamaba tanto su atención.

Así fue el encuentro.

Ninguna de ellas podía imaginar que, con el tiempo, esa roca dejaría de ser solo una roca.

 

Parte II — La Vigilia

Después de aquel encuentro, las sirenas siguieron recorriendo los fiordos como siempre. Pasaban los días entre las corrientes, los juegos y las mareas, sin que nada pareciera haber cambiado del todo.

Pero cada vez que se acercaban a la costa, algo las hacía detenerse un momento más.

Al principio solo era una roca. La veían desde el agua, a lo lejos, y seguían su camino. No le daban más importancia que a cualquier otra cosa que apareciera en su recorrido. Pero con el tiempo, al volver a pasar por ese mismo borde entre el mar y la tierra, empezaron a notar que no era la única.

Había otras rocas. Algunas más cerca de la orilla, otras más expuestas cuando bajaba la marea, otras completamente rodeadas de agua. No eran iguales entre sí, pero todas compartían ese mismo lugar donde el océano empezaba a mezclarse con la costa.

No fue algo que decidieran. Simplemente empezó a pasar. Un día se acercaron un poco más. Otro día volvieron a mirar. Después ya no era solo una, sino varias las que regresaban. A veces juntas, a veces por separado, como si ese camino se hubiera vuelto parte de su recorrido sin que nadie lo nombrara.

No sabían bien qué era lo que estaban buscando. Solo volvían.

Así comenzó la vigilia.

 

Parte III — El Refugio

Con el paso del tiempo, las sirenas siguieron regresando a la costa. Ya conocían muchas de aquellas rocas y, poco a poco, dejaron de sentirse como visitantes. Cada vez permanecían un poco más antes de volver al océano.

Desde las rocas podían observar las mareas, ver cómo cambiaba el paisaje con el paso de las horas y descubrir cosas que, desde el agua, nunca habían visto. Sin darse cuenta, comenzaron a entender que aquel lugar no las alejaba del mar. Al contrario, les permitía conocerlo de una forma distinta.

Fue entonces cuando dejaron de ver las rocas solo como parte de la costa. También podían volver a ellas cuando necesitaban detenerse, descansar o simplemente observar.

Con el tiempo, ese lugar se convirtió en su refugio.

Así encontraron su refugio.

Parte IV — Las Huellas

Las sirenas siguieron volviendo a esas rocas una y otra vez. Ya eran parte de sus recorridos. Siempre terminaban regresando al mismo lugar.

Pero un día pasó algo que no entendieron.

Las rocas ya no estaban.

Volvieron después y aparecieron otra vez. Desde entonces empezaron a darse cuenta de que había momentos en los que podían llegar hasta ellas y otros en los que simplemente dejaban de estar a su alcance.

No sabían por qué pasaba. Solo sabían que, cada vez que podían subir a esas rocas, alcanzaban a ver un poco más lejos.

Fue así como se dieron cuenta de que el océano no era el único mundo que existía.

Más allá había otro mundo. Uno al que ellas no podían llegar. No entendían qué era todo lo que aparecía frente a sus ojos ni por qué solo podían verlo algunas veces. Pero cada vez que volvían, descubrían algo nuevo.

Con el tiempo entendieron que esas rocas eran lo más cerca que podían estar de ese otro mundo. Eran el único lugar donde ambos parecían encontrarse.

Nunca dejaron de volver.

Y sin darse cuenta, mientras descubrían un mundo nuevo, también dejaron sus huellas.

Después de volver tantas veces a la costa, las sirenas empezaron a quedarse un poco más. Desde las rocas podían observar las mareas, el océano y todo lo que ocurría a su alrededor sin alejarse del lugar donde siempre habían vivido.